Estoy seguro de que casi nadie se ha enterado de que hoy se pone a la venta la integral remasterizada de los Beatles… Excuse me? ¿Remasterizada? ¿Pero no habían salido ya CD’s de todos sus discos? ¿No fueron remasterizados para el nuevo medio? La historia es bastante graciosa y tiene que ver con la desesperación de la industria, con sus hábitos chapuceros y, para abreviar, con su falta de respeto al oyente y al arte.
Los Beatles son el grupo discográficamente más sagrado de la historia. Sus discos nunca han pasado a ningún tipo de rebajas; no aparecen en recopilaciones con sus pares de Liverpool, Londres o California; últimamente se ha negado su aparición en Spotify. Todo esto, claro, tiene que ver con deseos de seguir ordeñando la vaca hasta su extenuación y de obligar a que los interesados se compren una y otra vez el mismo material. Pero también está teniendo otra consecuencia no deseada por EMI: al mantener esta exclusiva situación de semi-invisibilidad, los Beatles corren el peligro cierto de ir deslizándose a una cierta irrelevancia: quien no está en la Red corre el peligro de “no estar” de ninguna manera. Así de simple.
De otro lado, esta híper-valoración comercial de los de Liverpool no ha ido pareja con un respeto real hacia su trabajo. Aún en la época del vinilo se hicieron verdaderas barrabasadas y no me refiero solo a las cien mil recopilaciones absurdas que han ido saliendo a lo largo del tiempo. Pongo un solo ejemplo: tengo en mi poder una caja de madera con cierre de persiana con toda la discografía en vinilo de esta gente. Hasta aquí normal. Lo que no es normal es que esta edición deluxe se hiciera no partiendo de los masters originales, sino de casettes 8 track americanas. Resultado: el orden las canciones ¡en los vinilos! no se corresponde con el original (indicado en las portadas), porque las 8 track no son secuenciales sino que van, por decirlo de alguna manera, “a saltos”. Hasta aquí el respeto que EMI siempre ha manifestado hacia el grupo y hacia los aficionados que, por ejemplo, compraron aquella edición. Bastante cara, por cierto.
Algo parecido sucedió con las ediciones en CD, tan lamentables como para sonrojar a cualquier oyente con un mínimo criterio. Vale que hace veinte años el arte de la remasterización digital no estuviera tan avanzada como hoy en día, pero es que ni siquiera entonces tenía un pase y cabe señalar que se realizaron sin el concurso de los supervivientes del grupo (John ya había sido asesinado) ni del productor George Martin.
Ahora se nos viene encima esta nueva edición, lanzada como si se tratara de algo incomparable y necesario, apoyada por un Rock Band (corregido de Guitar Hero gracias a Javier) adaptado a la banda e incluso en una colección de tazas que medio regala El País. Y es para echarse a temblar. Para empezar, se han reconvertido a estéreo lo que en su inmensa mayoría son piezas mono (los Beatles no se interesaron por el estéreo hasta muy al final de su carrera), quien ha realizado el trabajo es el hijo de George Martin, el cual ha debido imaginar de repente como podría haber sonado aquello si hubiera sido realizado hoy en día. Eso es tener valor. En fin, todo parece un despropósito en el cual incluso se ha limpiado la impronta de la cinta magnética dejada por las sucesivas overdubs (regrabaciones en una sola pista de varios elementos) y que, mire usted por donde, formaban parte integral del sonido de los Beatles. Eso sí, también hay una edición especial en vinilo en mono, para quien quiera gastarse el dinero una vez más.
No es que me parezca mal que los Beatles estén presentes. Muchos amigos joveznos son de la opinión de que los Fab Four no aportaron más que melodías pegadizas y que otros grupos estaban avanzando más que ellos en una relativa oscuridad. Uno no puede estar de acuerdo, pero no sé si este tipo de lanzamientos procurará que quienes no vivieron su influencia puedan contextualizarles mejor. Lo dudo bastante y es un poco patético ver a esta gente convertida en sinónimo de Industria, cuando ellos fueron de los primeros en buscar la independencia artística. Pero en fin, al menos todo este jaleo no viene acompañado por el anuncio de un musical llamado “¡Qué guateque el de aquel día!”. Algo es algo.
PD. Esto es lo bueno de los blogs frente al papel, que se puede completar. Ayer, como todo hispano y en general medio mundo, escuché y leí la mayor sarta de barbaridades y estupideces sobre esta gente, que debieran ser bastante conocidos, me parece. Cada cual tendrá su pequeña anécdota y yo aporto la mia. No sé si en El País o en El Mundo se recogia esa "nueva" entrevista con John Lennos, según la cual Ringo y George "cantaban las peores canciones". ¿I Wanna be Your Man es de sus peores canciones? ¡Qué cosas! De lo de George, mejor es no hablar.
Pero lo que más me ha fascinado son esos elogios a calzón quitado de los máximos puristas de lo analógico-auténtico-popero-folk-rock-¡yepa!. Resulta que todos estos personajes que abominan de lo digital (frio, mecánico, suena mal, etc.) aceptan sin más que se meta el bisturí digital para retirar el leve zumbido de la cinta (que ayudaba a "aglutinar" los sonidos), que se transforme digitalmente lo que era mono en estereo, etc.
Me alegra tanta incoherencia porque de esta manera quedan claras las posiciones. Quienes estamos a favor de lo digital no vamos despreciando lo analógico (grabación, mezcla, masterización, etc). Es más, lo respetamos como una tecnología que funciona según sus propias leyes, posee sus virtudes y sus carencias y entendemos que alrededor de ella y aprovechando sus caracteríticas, se han creado estéticas muy dificilmente reproducibles mediante otros medios.
Sin embargo, los talibanes de la autenticidad, no tienen el menor reparo en disfrutar con el asesinato de esa estética histórica simplemente porque el artista se llama Beatles y detrás está la Industria con mayúsculas. Decir que son unos pringados quizás sería excesivo. Digamos al menos que no saben en que mundo viven.




